Columnista Invitado: Bridget Jones vende independencia y acaba en el altar

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Lorena G. Maldonado.-

“Bridget Jones” muta a cisne, pero el pato le vive dentro. Uno extraña sólo un rato esa ausencia de mofletes, ese antiguo escote esponjoso y esa expresión aniñada, porque cuando la observa hacer se da cuenta de que sigue siendo una calamidad absoluta.

¿Por qué molesta tanto que Renée Zellweger haya cedido al canon de belleza si el carisma lo lleva puesto intacto? En “Bridget Jones’s Baby”, por fin uno lo entiende: da igual que haya dejado de fumar, que haya perdido peso o que tenga un respetable puesto de productora en un programa de televisión, porque la pijama, el “All by Myself” y las bolsas de Pringles son una actitud vital, algo así como un vicio viejo que siempre llega a tiempo de reconciliarte con quien eres.

Todavía hay anarquía aquí. Y dulzura. Y torpeza. Sólo que los pánicos se han hecho grandes: ha cumplido 43 años y le agobian tantas velas en la tarta, hace spinning como si no hubiera un mañana para no volver a recurrir a las fajas y sus amigos se han casado, tienen hijos adorables y entrometidos y se ven obligados a hablar de sexo en clave.

A pesar de las ínfulas de autosuficiencia, no ha dejado de creer que es el amor lo que redondea las demás cosas. Al principio disfraza sus ansias de vida convencional metiéndose en unos diminutos shorts de adolescente festivalera y bebiendo chupitos como la reina de la cantina, pero no termina de colar.

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Falsa revolución feminista

Si en algún momento llegamos a creer que “Bridget” llegaría hasta las últimas consecuencias de su personaje e iría siempre desacompasada por la vida -molando de verdad, en plena subversión-, la aventura aperturista dura poco. De repente, se rinde y cede al sistema en el tiempo de descuento.

Tiene relaciones con dos hombres -los personajes de Colin Firth y Patrick Dempsey- y para protegerse emplea condones no sólo veganos, sino también caducados. Sería un despropósito si no fuese porque, como ella misma reconoce, en el fondo estaba buscando al crío.

Ella también quiere hablar de coitos encriptadamente y llamar “marionetas” a los “penes” que conocen sus amigas, pero, eso sí, sin dejar de acariciarle el pelo a su hijo con una mano y remover la sopa con la otra.

Las cosas han cambiado: el canallita de “Daniel Cleaver” (Hugh Grant) ha muerto, y con él esa “Bridget” núbil que se colgaba de un polvo. Ahora es de las que se va por la mañana sin avisar, y suerte si deja nota. Empieza a exigir la relación que merece, aunque el hombre perfecto se haya bifurcado.

Estuvo diez años a idas y venidas con “Mark Darcy” (Colin Firth), un jurista a un móvil pegado, un tipo frígido que la ama sinceramente pero que no es capaz de sacarla a bailar–valga la metáfora-. Un buen día, ella se hartó de que “Mark” nunca le concediese tiempo y lo mandó al carajo, aunque sin quitarse bien la espina. En “Bridget Jones’s Baby”, él vuelve con ese aire decimonónico y desapasionado, pero dispuesto a recuperar a la niña soliviantada e incorrecta que revienta cualquier fiesta.

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Reivindicar a la madre soltera

En el otro extremo del ring está “Jack” (Patrick Dempsey), como un milagro inverosímil. Es un matemático -soltero, pazguato, millonario, encantador hasta la sospecha- que ha inventado una aplicación que calcula la compatibilidad entre dos personas y que está siendo un éxito. “Jack” -salido de la nada- acepta con entusiasmo la posibilidad de ser padre, igual que Mark, aunque ninguno sabe hasta el final de quién es el hijo.

Todo en la película está bien atado para reivindicar la figura de la madre soltera, y es de aplaudir: nadie se escandaliza demasiado por la duda de la paternidad -ni siquiera la conservadora madre de “Bridget”-, ella deja claro que no quiere mudarse de su piso y no cede a los gestos de amor a la primera de cambio. Se muestra fuerte, radiante, íntegra profesionalmente. Uno llega a creer -brevemente- que es verdad que no necesita a nadie.

“Bridget Jones” es, casi hasta el final de la película, un ejemplo bravo de familia diferente, de feminismo aguerrido. No hace pucheros, no reclama mimos: se sobra. Lástima que esas buenas intenciones pierdan fondo con la tarta de bodas, el velo y la marcha nupcial.

Otro cierre Disney, otro broche burdamente convencional después de la loca travesía. Todo queda en una mujer que fue libre sólo por temporadas, como quien se va superponiendo modas ideológicas, movimientos transgresores falsos. Es trágico: no hay final feliz si no la llaman señora de.

Fuente: El Español

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