Cineteca

“Antígona”: Cuestionar al poder y sus críticos

Jaime Rosales Domínguez.-

La “Antígona” de David Gaitán es una sorpresiva puesta en escena desde que el espectador llega a su butaca y encuentra el escenario totalmente desnudo: todo el entramado de luces, todos los instrumentos y maquinaria que conforman la tramoya del Teatro Juan Ruiz de Alarcón, del Centro Cultural Universitario de la UNAM están ahí, al descubierto.

Esa disposición del espacio —aportada por las escenógrafas Auda Caraza y Atenea Chávez, en mancuerna con el notable iluminador que es Matías Gorlero—, anuncia que no estamos ante otra escenificación convencional de la obra de Sófocles, sino ante una reelaboración a partir de textos como “El deber de la desobediencia civil pacífica” (Henry Thoreau), “Entre la luz y la sombra” (comunicado zapatista del subcomandante insurgente Galeano), y “La minoría más importante que debe proteger la democracia es el individuo: Flemming Rose” (Letras libres, abril, 2015), entre otros.

Entonces se entiende que el escenario abierto hará las veces de una plaza pública, un foro abierto donde asistiremos, junto con los personajes, a dilucidar cuestiones sobre la justicia, la condición humana o divina del gobernante, la legalidad, el liderazgo, y el ejercicio del poder

Gaitán nos entrega, así, un clásico griego contemporáneo que, en sus palabras, busca modificar el acento que esta pieza de Sófocles pone en el conflicto entre la ley divina y la ley humana, para mejor desplazar la discusión hacia el conflicto individuo-sociedad: cómo se ejerce y cómo se cuestiona al poder, que tan difícil es gobernar, o que tan difícil es ser un desobediente civil, qué tan patológico o necesario es el activismo político.

Y para hacerlo, convierte el espacio de la ficción en un espacio de deliberación y debate alejado del melodrama, en el que los personajes no son malos porque representan al poder ni son buenos porque se oponen al poderoso, pues embarcados en ese esquematismo nuestra percepción ha ido quedando a merced de la manipulación y así ya no hay posibilidad de análisis.

La anécdota de la obra es conocida: “Antígona” trata de enterrar a su hermano “Polineses” muerto a manos de su también hermano “Etocles”, durante una batalla por el control de Tebas, gobernada por “Creonte”. Éste considera a “Polineses” traidor a su patria y por ello dispone que su cuerpo no sea enterrado. Transgresora de la orden real, “Antígona” es capturada y condenada a muerte.

Así quedan planteadas —además de las mencionadas líneas arriba— cuestiones como la necesidad de la desobediencia frente a las decisiones arbitrarias del Estado, y alrededor de las cuales se establece el debate entre el rey “Creonte” (Adrián Ladrón), “Hemón”, amigo del rey (Alan Uribe Villarruel), “Ismene”, hermana de “Antígona” (Ana Zavala), la propia “Antígona” (Marianella Villa), un guardia (Guillermo Nava), y la mediación de “Sabiduría” (Haydeé Boetto).

Representado como un personaje aniñado y caprichoso, el rey expone sin embargo argumentos que por momentos resultan incontrastables y de un humor paródico, que hacen ver que la intolerancia y el dogmatismo también pueden estar del lado de los “buenos”.

Antigona 2

Marianella Villa interpreta a una “Antígona” cuya fuerza y energía gestual no se corresponden con una voz a la que haría falta mayor intensidad en los momentos cumbre. El resto del elenco resulta muy parejo, salvo Haydeé Boetto, cuyo personaje da la impresión de estar siempre ansioso e inseguro, lo que contrasta con los atributos de la Sabiduría a la que interpreta.

El vestuario de Ricardo Loyola es una mixtura entre pasado y presente. El rey viste con un traje de época incluida una majestuosa capa, pero el resto se atavía como en la época actual (Hemón incluso de traje), con lo que parece indicarse la actualidad de la adaptación y la del debate planteado en un país como el México de esta hora.

Si bien el texto original de la obra está intervenido por todas las referencias textuales de que se vale Gaitán para escribirla, introduce una modificación que se antoja poco afortunada: cambia la filiación de “Hemón”, quien en la tragedia original no es, como aquí, amigo personal del rey “Creonte”, sino su hijo.

Este trastocamiento —cuyo objetivo acaso sea apartar la representación del melodrama—, da al traste con la fuerza dramática de los reclamos de “Hemón”, pues no es lo mismo que quien cuestione al rey sea el propio vástago a que lo haga el mejor amigo.

Como sea, estamos ante una puesta en escena que cumple con la premisa creativa de la dramaturgia de Gaitán: dar al espectador una experiencia teatral memorable, rematada aquí por el sorpresivo manejo del coro, cuya irrupción produce el efecto buscado por el director: crear un shock sonoro como preludio a la impensable rebelión de la masa anónima.

Aunque rechaza que su intención per se sea salirse de los cánones, Gaitán acepta que en esa búsqueda por ofrecer experiencias memorables, tarde o temprano queda ante la tesitura de chocar con esos cánones y entonces esa ruptura es una posibilidad presente siempre en su dramaturgia. Antígona es un ejemplo muy claro de ello.

La obra se presenta en el Juan Ruiz de Alarcón del Centro Cultural Universitario (UNAM), de miércoles a domingo y hasta el 11 de octubre, dentro del ciclo “Los grandes personajes”, en el que la dirección de Teatro de esa casa de estudios escenifica “Medea”, “Antígona” y “Hamlet”.

Fotografías: Andrea López

 

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