“Almacenados” o la vacuidad de la vida laboral

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Jaime Rosales Domínguez.-

“Almacenados”, la puesta en escena que Héctor Bonilla comparte con sus hijos –Sergio en el escenario y Fernando dirigiendo—, es como un gran espejo colocado frente a los espectadores que, merced a ese artilugio, se piensan espectadores de una comedia cuando en realidad son los actores reflejados de una tragedia: la alienación que produce el trabajo en el hombre.

La puesta habla de eso desde el título, que alude a encierro y olvido; a algo dejado allí, fuera de circulación hasta que sea necesario, si es que alguna vez llega ese momento. Cuando se trata de objetos la cosa no parece grave, pero cobra otra dimensión cuando quienes así viven encerrados en sus inútiles rutinas laborales son personas de carne y hueso condenadas a repetir durante años tareas sin mucho sentido.

La obra, del español David Desola, nos muestra al señor “Lino” —un septuagenario responsable de un almacén de las empresas Salvaleón, que presuntamente fabrican mástiles y astas para embarcaciones—; y a “Nin”, un joven que llega para sustituir al viejo y en una semana ser instruido por aquel acerca de sus rutinas en esa fantasmal bodega, que siempre está en espera de un camión cuya carga; una vez bajada, debe ordenarse en entradas, salidas y material defectuoso, para lo cual el señor Lino tiene sobre el escritorio tres libros que consignarán puntualmente esos registros.

Pero sucede que la bodega permanece vacía, que nunca llega camión alguno, que el teléfono sobre el escritorio jamás recibe llamadas de nadie y que el responsable se ha mantenido así, en esa espera durante más de 40 años, sin faltar un solo día ni llegar tarde a un trabajo que se reduce a estar antes de las 7 de la mañana, colocarse el overol de trabajo, registrar la entrada en el reloj checador que lleva años adelantado siete minutos sin que nadie se ocupe de componerlo, y a aguardar disciplinadamente al camión y su carga.

¿Les suena familiar? ¿No somos los espectadores en realidad protagonistas en nuestros propios trabajos de situaciones como esa: ejecutantes mecánicos de trabajos sin sentido que a nada conducen y cuya única y nimia recompensa es el salario al final de la quincena?

Desaola nos entrega ese drama envuelto en una comedia repleta de situaciones humorísticas y hasta divertidas que vienen dados por el ridículo celo con que el señor “Lino” se mantiene al pie del cañón, actitud que resume en una frase que le repite al joven “Nin”, y en cuya circularidad tautológica se resumen la vaguedad y los sinsentidos de su labor: “¡venimos a lo que venimos!”.

Como plantea el director Fernando Bonilla, la estremecedora cuestión final será saber si la juventud que llega a un mundo ya ordenado con base en valores y comportamientos entendidos, será capaz de transgredir ese orden o terminará —en razón de sus necesidades salariales— adaptándose y repitiendo los absurdos de la generación a la que llega a sustituir.

Así, dice en entrevista para Filmeweb, “la obra cuestiona permanentemente el sentido del trabajo y el sentido de la vida y lo hace en un tono de comedia muy bien logrado y que es lo que hace que Almacenados sea tan potente”.

De la puesta en escena Bonilla explica que busca representar la soledad de los personajes con un escenario totalmente desnudo, solo con un viejo escritorio, un locker y un cuadro de la Vírgen de Guadalupe.

Añade que la bandera de México bordada en el overol de los personajes quiere dar idea de que aquel inmenso almacén vacío semeja el absurdo cotidiano en que vivimos en nuestro país: una sociedad adicta a las formas, como el viejo que representa a una burocracia inverosímil  que ante la ausencia de sentido se refugia en las formas.

Para Héctor Bonilla, el tema de la obra puede verse como una metáfora del México actual en el que todos “nos estamos haciendo un poco tarugos y eso es lo que hace el personaje del señor Lino, aunque lo interesante es que llegado el día viernes la pregunta que queda hacia adelante es si el joven se revelará o seguirá en aquella situación”.

“Almacenados” ha sido ya representada con buen éxito en varios escenarios y ahora cumple una temporada más a partir del 8 de mayo en el Teatro Arlequín, en la Ciudad de México; escenario que, luego de esta obra y tras seis décadas de tradición escenográfica, será cerrado para dar paso a un nuevo conjunto teatral.

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