“Abismo”: Los que se pierden sin dejar rastro

Jaime Rosales Domínguez.-

Solo silencio enterrado en lo profundo del abismo”.

En “Abismo” asistimos a conocer la historia de una desaparición: la de “Karla Richter” o, mejor, la vida y hechos de su novio y amigas, a partir de que descubren que aquella ha desaparecido justo cuando estaba con ellos preparando pizzas y tuvo que salir a la tienda en busca de queso.

A partir de entonces, el planteamiento parece ser la angustia y desesperación que viven familiares y amigos de quienes se pierden sin dejar rastro: las llamadas desapariciones ambiguas, ese ser uno sustraído de una cotidianeidad donde los que se quedan no saben si el ausente regresará o no.

Este hecho, que ya ha ocurrido cuando empieza la obra, será el hilo conductor que teje todo el asunto de la puesta en escena, cuyo desarrollo es narrado a los espectadores por uno de los tres personajes cuyo nombre nunca se conoce y que en el programa de mano aparece simplemente como “Yo” (Mónica Huarte).

Esa despersonalización con que en el programa de mano se trata a los personajes al sustituir sus nombres por pronombres (“Yo”, “Él”, “Ella”) solo se justifica en el caso de la narradora, pues “Él” (Antonio Vega) en realidad es “Vlado”, el atormentado novio de la desaparecida Karla, y “Ella” (Marianna Burelli) es Sofía, hermana de la narradora.

El asunto adquiere tintes de thriller por el misterio que rodea la desaparición, la búsqueda desesperada y desordenada de los tres amigos, las persecuciones, peleas y las pistas que siguen.

La autora alemana de esta pieza, María Milisavljevic, ha construido una historia con personajes previamente quebrados por su pasado de guerra en Bosnia, pues se trata de inmigrantes serbios asentados en Alemania.

“Vlado” es un hombre perseguido por aquellos horrores y al que la búsqueda de su novia le resulta una forma de redención con ese pasado, lo que ratifica al recitar en una escena la balada de Nis Randers, del escritor Otto Ernst, un poema alemán en que Nis rescata a su hermano Uwe de un naufragio.

abismo-2

Otras alegorías pueblan la obra, como los escalofriantes monólogos de “Sofía”, quien a lo largo de la representación describe paso a paso (“Hágalo usted mismo”) la forma de matar, despellejar y cocinar un gigante flamenco (raza de conejos), como lo hacía su abuelo en Serbia. O la costumbre de “Karla” de pintar tres corazones en sus botas color de rosa, lo que al final resultará determinante en el curso de la historia.

Por cierto, los zapatos tienen un carácter simbólico principal. Cuatro pares sobre el escenario antes que empiece la obra y al fondo una mesa. En la primera escena cada actor tomará su par y se lo calzará a la vista de todos. Algunos podrán ver en ello una alusión a la sobrevivencia, o una alusión a la condición de viajeros de los inmigrantes; o tal vez un guiño al tema de la identidad por cuanto que los zapatos son la base, el cimiento. O como símbolo del amor inseparable porque existen como pares.

El planteamiento de Milisavljevic resulta interesante porque al elegir la forma narrativa mediante la que el personaje “Yo” le cuenta la historia al público, se crea un efecto anti ilusionista porque disuelve la distancia de la representación, lo cual se acentúa por la cantidad de detalles con que la narradora describe lo que hacen, sienten, miran, dicen y cómo son “Vlado”, “Sofía” y “Jan” (también interpretado por Vega), enamorado de “Yo”.

En un acierto de dirección, Ana Graham se cuida de que su elenco no reproduzca exactamente lo que ya la narradora nos cuenta. Esta forma de relato de sucesos resulta eficaz para mantener el dinamismo y el ritmo agitado en que debe avanzar la acción en un thriller y para lo cual otro acierto es la elección de la narradora, pues nadie mejor para mantener ese ritmo que el estilo un tanto hiperreactivo de Mónica Huarte.

Ese estilo narrativo se aviene bien con un tema –el de la desaparición de personas— de rabiosa actualidad por lo que quizá a la autora le interesaba que el público no estuviera cómodo pensando que se trata sólo de una ficción.

El problema de la obra viene con la conclusión, cuando se revela lo relativo a la misteriosa desaparición. Entonces queda la impresión de que la historia pudo contarse o tejerse sin recurrir al telón de fondo que es el delicado problema de las desapariciones forzadas o ambiguas.

Como notará quien acuda a presenciar “Abismo”, y a la luz de la resolución final, utilizar el problema en cuestión resulta hasta abusivo en un contexto como el mexicano, donde las pérdidas tienen causas muy distintas.

Salvo en el caso de “Vlado”, tampoco queda muy claro en el desarrollo cómo el conflicto bélico en los Balcanes en el que vivieron nuestros personajes, gravita sobre sus acciones buenas o malas; sus ambiciones o sus aspiraciones, y en fin en su comportamiento todo.

De la Huarte ya dijimos la ductibilidad con la que hace fluir su personaje y la pertinencia de su estilo; Antonio Vega y Marianna Burelli están sobrados de recursos histriónicos para construir con eficacia personajes difíciles como éstos.

Se trata en fin de una obra en la que no es que el final resulte poco articulado. A su modo lo es. El problema es que una vez que se conoce, desmiente y vuelve poco convincente todo el planteamiento previo.

“Abismo” está en cartelera hasta el próximo 6 de noviembre, de viernes a domingo en el Teatro Helénico, en la Ciudad de México.

Fotografías: Jaime Rosales Domínguez

Post relacionados

Muestra CCC 2018